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Alquitrán 2082

Un extraño sueño de ciencia-ficción y viajes en el tiempo, donde Joel se enfrenta a su primera misión en el pasado.

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Año 2082.

La piscina de alquitrán distorsionaba su imagen, un espejo negro devolviéndole las dudas en forma de ondas desordenadas. Sin embargo, las indicaciones que proyectaba su casco eran claras: estaban en el lugar y el momento exacto. Había llegado la hora. Otra figura, también oscilante, apareció detrás de la suya.

—Joel, ¿saltas ya, o qué?

La respuesta se atascó en su garganta como un mantecado pastoso. Parecía mentira, tanta preparación y, ahora, en su primera misión, no se atrevía a dar un paso más. El problema no era saltar al portal que le llevaría veinticuatro años atrás. Nada de eso. Había realizado viajes temporales con anterioridad como parte del extenso entrenamiento recibido y, aunque no eran agradables, podía llevarlos a cabo sin dificultad. El problema era otro. Algo que iba absolutamente en contra de su moral: el objetivo de la operación debía ser «eliminado».

Después de ser admitido en la División de Reparaciones Históricas (DRH), jamás imaginó que le asignarían ese tipo de misiones y, para qué engañarse, siempre fue un iluso y un idealista; dos cualidades excelentes para que la realidad le diera un bofetón de vez en cuando.

En el escueto informe que le habían entregado solamente se indicaba que un conocido ricachón, vinculado a la política, quería eliminar de raíz a la organización «Aquí y Ahora», conocida como AyA. Activistas en contra de los viajes en el tiempo que defendían que los problemas del futuro se resuelven en el presente, no en el pasado.

Al parecer, este individuo había pagado una fortuna para que un equipo especializado de la DRH viajara al pasado, al momento preciso en que el fundador de la AyA tomó la decisión de crear dicha sociedad y eliminarlo a él y a cualquier testigo que pudieran encontrar.

No sabía realmente de qué se iba a arrepentir más, si de acatar las órdenes y participar en ese encargo atroz cuyas secuelas psicológicas le costaría Dios y ayuda superar, o de desobedecer a su superior en su primera misión en la DRH y tener que aceptar el castigo que podría acabar con su carrera nada más empezar.

Seguía mirando al abismo, imaginando posibles escenarios de lo que se iban a encontrar y cómo iba a afectar eso al futuro cuando regresaran. Al fin y al cabo, para eso le habían contratado, en su placa ponía claramente «Estratega Temporal».

La voz áspera y enérgica de Sarah, su capitana, resonó otra vez dentro del casco.

—¡Joel! ¡Tienes tres segundos!

Respiró hondo y dio un paso atrás para coger impulso. Se aproximó al borde de la piscina y saltó apuntando al centro del remolino negro que, además de tragarse la luz y el tiempo, había absorbido ya al resto del equipo.

Oscuridad, vértigo, silencio absoluto.

El viaje, para variar, no fue agradable. Por muchos trajes que inventaran, no habían conseguido evitar la sensación de mareos y náuseas. Era como las viejas montañas rusas, o te gustaban o las temías. Por suerte, el trance duró sólo unos segundos y el aterrizaje fue más que suave.

***

Año 2058.

La misma piscina donde habían abierto el túnel hacia el pasado, estaba ahora llena de agua limpia y transparente. Nada más aparecer al otro lado, el peso de su equipamiento le hizo descender hasta posar con suavidad la punta de sus botas en el fondo. Algunas hebras de alquitrán se desprendían de su ropa como humo negro diluyéndose lentamente en el líquido cristalino.

Detrás de él, una mano enguantada se posó sobre su hombro y le dio la vuelta.

—Por aquí, novato —dijo Athos—, un gigantón de dos por dos, mientras señalaba la escalera metálica con una sonrisa bonachona que hacía todavía más pronunciada su barbilla.

Al instante apareció Sarah tras un leve destello y algunas burbujas. Sin necesidad de estabilizarse, siguió con las prisas mientras buceaba hasta la escalera:

—Vamos, ¿todavía estáis aquí? En marcha, tenemos el tiempo justo.

Joel fue el último en subir. Fuera de la piscina, la capitana y Athos esperaban junto al resto del equipo: Diana, una joven bajita con la cabeza rapada y cara de pocos amigos, y Alex, un hombre un poco más mayor, armado hasta los dientes y cuya melena gris iba recogida en una trenza que bailaba dentro del casco como una serpiente plateada. Únicamente se parecían en la media sonrisa que ambos mostraron al verle salir del agua.

Hacía apenas un par de horas que les habían presentado. De hecho, tres horas antes Joel todavía dormía plácidamente en la cama de su cuchitril. Viendo a los integrantes del equipo al completo, llegó a la conclusión de que además del bonachón, la desquiciada y el loco por las armas, a él le había tocado ser el científico esmirriado. Y encima, llevaba gafas. No se podía negar que el grupo era de lo más variopinto, y que, si no fuera por su capitana Sarah, seguramente se matarían entre ellos.

Joel alzó la mirada. La casa, de dos plantas y jardín, cuya piscina había servido de túnel temporal, les esperaba en silencio. Aun siendo de noche, pudo observar cómo había cambiado el paisaje; uno de los aspectos que más le gustaba de viajar en el tiempo. Lo que en 2082 se veía como una construcción en ruinas, ahora, en 2058 era un chalé de cierta antigüedad, pero con vida en su interior. Aunque eso fuera a cambiar dramáticamente en los próximos minutos.

Agazapados al resguardo de una gran jardinera con arbustos, el equipo esperaba atentamente mientras Sarah preparaba el siguiente paso y daba las últimas indicaciones.

—Diana, confirma el objetivo.

La soldado se alzó y ajustó el visor de su casco con un par de toques. Los arbustos que obstaculizaban su visión se desvanecieron frente a sus ojos y la casa apareció ampliada en primer plano. Con un movimiento de su mano, la imagen pasó a proyectarse como un holograma en el centro del grupo.

El ventanal del salón a pie de calle dejaba distinguir con todo lujo de detalles a seis personas en su interior. Cuatro sentadas y dos de pie gesticulando y hablando acaloradamente.

—Son seis hombres —aclaró Diana—, están todos reunidos en el salón. Nakamura está frente a la chimenea.

—Seguramente estén creando la sociedad AyA. No les va a durar mucho la idea —agregó Alex acariciando el cañón de una de sus tres armas.

—Comprueba las señales de calor por si hay alguien más en la casa.

Diana obedeció a su capitana y accionó otro comando en su casco. Al instante, el visor cambió mostrando un mapa de calor de toda la casa.

—Confirmado, capitana. Son seis individuos en el salón. ¡Espera! Veo otro ser vivo mucho más pequeño, puede que sea un perro. Está en una habitación de la primera planta a unos quince metros de ellos, cerca de la puerta principal.

—Si es un perro tendremos que encargarnos de él para que no haga ruido —agregó Alex.

—No puedo confirmarlo desde aquí —señaló Diana.

Sarah consultó por enésima vez el cronómetro de su muñeca con el tiempo que les quedaba. En menos de veinte minutos deberían regresar al portal o se quedarían atrapados en el pasado. Eso sería, sin duda, un doble fracaso que terminaría con la misión y con sus vidas. La misma organización DRH tenía una división encargada de buscar y «retirar» a los miembros que no regresaban para evitar paradojas temporales.

—De acuerdo, todos sabéis lo que tenéis que hacer. Entraremos por la izquierda e iremos directos al salón. Debemos encargarnos del objetivo primero. Novato, tú te quedarás en la puerta; no debe salir nadie de la casa, ¿entendido? Los demás, conmigo. Entramos, ejecutamos el plan y nos vamos por donde hemos venido, no quiero distracciones.

—¡Sí, capitana! —gritaron todos.

Menos Joel.

—Capitana…

Sarah le dedicó una mirada cansada.

—¿Y si es un niño?

—Las probabilidades son muy escasas —contestó la capitana con tono serio—. El informe indica que Nakamura no tendrá hijos hasta dentro de cinco años, por lo tanto, un crío no pintaría nada ahí. Seguro que es un perro.

—Pero…

—¿Athos? —preguntó Sarah sin desviar su mirada de aquel nuevo miembro que ya estaba dando por saco nada más empezar.

—Hay un 87 % de posibilidades de que sea un animal de compañía —respondió Athos con calma—, un 12 % de que sea un niño y un 1 % de que sea un error.

—Joel, «sin testigos de ningún tipo» —recordó Sarah—. Las órdenes son claras. Si nos retrasas un sólo segundo más, ve despidiéndote de tu futuro en esta compañía.

Joel sabía que no iba a conseguir nada si lo único que tenía eran conjeturas, un 12 % de posibilidades y un 99 % de corazonada.

***

Pegados a la pared blanca de la vivienda, cinco figuras negras y brillantes como cucarachas gigantes esperaban el momento justo para entrar. Sarah hizo señales con la mano y todos se pusieron en marcha en absoluto silencio.

La puerta de la entrada cedió rápidamente ante las habilidades de Diana con las cerraduras antiguas. Se apartó para dejar pasar a su capitana quien fue señalando la posición que cada uno debía tomar en el largo pasillo que llegaba hasta el salón.

Tal como se le había asignado, Joel montó guardia en la puerta de la vivienda mientras miraba cómo sus compañeros se adentraban con rigurosa coordinación hacia su objetivo principal.

La doble puerta del salón, aun cerrada, dejaba escapar una rendija de luz y el murmullo de las personas que seguían discutiendo en su interior, ajenas, quizá, al inminente destino de sus almas.

Alex y Diana se habían colocado a un lado de la puerta, y Sarah y Athos al otro. Era curioso cómo, al igual que en una familia uno tiende a sentarse a comer siempre en el mismo sitio de la mesa, en sus misiones solían repetir las posiciones, incluso cuando estas eran triviales. Cada uno con su arma preparada y convenciéndose con cualquier recuerdo útil de por qué estaban allí, por qué hacían lo que hacían.

Silencio. Cruce de miradas. Sarah asiente. Athos tira la puerta abajo de una patada y comienza el infierno.

Todo tendría que haber sido muy rápido, sin embargo, cuando Joel escuchó más disparos de lo normal, supo que los estaban esperando. No debía moverse, pero su corazón gritaba por coger la puerta y largarse de allí a toda prisa. Tal vez no saldrían vivos, o tal vez ya se había quedado solo y en unos pocos segundos irían a por él.

Aguzó el oído tratando de descifrar de qué bando eran los gritos y los disparos al final del pasillo. Al mismo tiempo, se preparó para reaccionar de una manera u otra dependiendo de quién apareciera por la puerta del salón. Sin darse cuenta, había sujetado con fuerza la empuñadura de su cuchillo.

Un extraño ruido le llamó la atención. Una especie de quejido, un sollozo que no venía del caos desatado en el salón, sino de un lugar más cercano. Se acercó a la puerta donde habían visto la pequeña figura en el mapa de calor. El sonido se repitió, era un llanto. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta muy despacio, rezando por que fueran imaginaciones suyas.

Hizo un barrido rápido con la linterna. Efectivamente, se trataba de un dormitorio. El tamaño de los muebles y la decoración infantil aceleraron sus latidos. En la cama, un pequeño bulto se agitaba bajo una colcha con dibujos espaciales.

—Tranquilo —susurró Joel tras silenciar su micrófono al resto del equipo.

Debajo de la colcha aparecieron dos pequeñas manos y poco a poco un niño de no más de seis años asomó su cabeza. Las manchas de las lágrimas que habían resbalado por sus enrojecidas mejillas dejaban claro que hacía rato que estaba despierto. Aquellos dos ojos grandes, tristes y llorosos, eran lo único inmóvil en un rostro que tiritaba conteniendo los sollozos.

Joel dejó de escuchar las comunicaciones del resto de su equipo. El mundo se detuvo, al igual que su corazón. Se acercó muy despacio mientras se quitaba los guantes. Ya casi no llegaban ruidos del salón, debía darse prisa. Se arrodilló y abrazó al pequeño. Le frotó la espalda, pero era imposible calmarlo y no había tiempo para más. Cogió al niño y lo escondió bajo la cama.

—No te muevas y no hagas ruido.

El pequeño asintió y gateó bajo la cama hasta perderse en la oscuridad. Joel se hizo un corte en una mano y manchó la colcha con su sangre, tanto como pudo. Luego formó un bulto con la almohada, la tapó y se puso los guantes otra vez. En ese instante, Diana asomó su cabeza por la puerta.

—¡Capitana! Parece que el nuevo tiene más huevos de lo que parecía.

Diana siguió avanzando y el resto del equipo fue pasando por delante dirigiéndose a la salida y comprobando que Joel se había «encargado del problema» él solo. La última en asomarse fue Sarah que pareció inspeccionar la cama con la mirada.

—Sólo era un niño —dijo Joel sin vida en la voz.

—Lo has hecho bien, soldado. Vámonos. ¡Equipo, cinco minutos!

Al llegar a la piscina, Athos ya había abierto el portal de regreso y uno a uno fueron saltando sin mirar atrás.

***

Año 2082.

Durante el trayecto de regreso a la base de operaciones, Joel no hacía más que mirar por la ventana por si de pronto veía algo absurdo, como un lagarto gigante, o gente con cabeza de tostadora. Todo parecía normal.

Sarah fue a informar a sus superiores, quienes aplaudieron el éxito de su misión, pues la organización conocida como «Aquí y Ahora» nunca había existido en esa nueva línea temporal. El asunto quedó zanjado cuando el multimillonario Richard Holden recibió el informe que unía ambas líneas temporales. Esa era la única información sobre la AyA que existía en la faz de la Tierra. Pagó por ella, y ahora estaba en su poder. Sólo algunos miembros de la DRH y los encargados de hacer el trabajo sucio conservaban el recuerdo de Nakamura y sus adeptos.

El magnate se despidió de la junta directiva de la División de Reparaciones Históricas con una sonrisa de oreja a oreja. Una vez en la calle, respiró hondo, con la seguridad de que ningún miembro de la AyA trataría de asesinarlo nunca más. Todavía arrastraba las secuelas de la última vez que lo intentaron. A partir de ahora, si quería usar los viajes en el tiempo para provecho personal, podría hacerlo sin impedimento alguno. Ni el Gobierno, ni la Justicia, ni siquiera la propia DRH se iban a interponer en su camino para conquistar el mundo.

Mientras Holden regresaba a su mansión con la satisfacción de un trabajo bien hecho, Joel decidió tomarse el día para descansar y desconectar del mundo. No podía quitarse de la mente la mirada de ese inocente niño escondido bajo la cama. Ya estaba empezando a sentir el peso del sueño en sus párpados cuando recibió una llamada.

—Joel, pon la tele. ¡Ya!

Por un instante creyó que todavía iba con el traje de comando y que Sarah le había gritado por el comunicador del casco.

—¿Lo estás viendo? —insistió Sarah.

Joel obedeció y encendió la televisión. Habían parado la programación de todos los canales para dar una noticia de última hora. En la imagen aérea podía verse un cruce con un autobús atravesado y varias unidades policiales rodeándolo.

La periodista daba la noticia tratando de ocultar su nerviosismo. Joel subió el volumen.

«… como decíamos hace unos minutos, fuentes oficiales de la policía nos acaban de informar de un aparatoso accidente en la Avenida de las Luces, en el distrito norte. Un autobús se ha salido de la calzada y ha atropellado a un peatón que caminaba por la acera oeste. Todo parece indicar que el conductor embistió a la víctima intencionadamente. Ahora sí, damos paso a nuestro corresponsal en la zona: Alfredo, ¿qué puedes contarnos?».

«Gracias, Gloria. Efectivamente, no ha sido un atropello accidental. Varios testigos aseguran que el autobús iba demasiado rápido y que en su interior sólo iba el conductor del vehículo. El responsable de la unidad médica desplazada a la zona ha declarado que la víctima es Richard Holden, el conocido empresario que ayer mismo anunciaba su candidatura a la presidencia estatal en una inesperada rueda de prensa… ¡Atención! ¡Se ha abierto la puerta! Los agentes están apuntando y preparados por si sucediera lo peor. Podemos observar a un individuo bajando lentamente y lleva algo en las manos. ¿Es una pancarta? Desde aquí no distinguimos bien la cara, pero parece un hombre joven».

«Ciertamente, Alfredo, lleva una pancarta. Vamos a conectar con las imágenes que nos ofrece nuestro dron… Aquí lo tenemos, se lee perfectamente un mensaje: RICHARD, ESTO ES POR MI PADRE NAKAMURA. AYA VIVE».

«No sabemos exactamente el significado de este mensaje, pero seguiremos muy atentos a las próximas inv…».

—Enhorabuena, Joel —dijo Sarah—. Nos has jodido a todos.

Sarah colgó dejando a Joel en silencio y con ganas de ir a esconderse bajo la cama.

¿Había sido él quien había provocado el asesinato de Richard Holden? ¿O tal vez estaba destinado a morir irremediablemente?


«Hace unas semanas soñé esto tan extraño que parece un fragmento de una película de ciencia-ficción. En el sueño no había nombres, me los he inventado para poderlo redactar, pero todo lo demás está prácticamente igual».

Foto de portada: Ave Calvar on Unsplash

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