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Control + Z

Relato corto de ciencia-ficción (3.562 palabras).
Helena y Marcos intentarán escapar de una invasión extraterrestre y en su huida se toparán con una extraña máquina.

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Otro estruendo tronó a través de las torcidas paredes de un edificio derruido. Los bloques de hormigón, peligrosamente inclinados, brindaban una falsa y cavernaria sensación de protección a la media docena de trémulos fugitivos que allí se escondían. Acordaron no hacer ruido, sin gestos ni palabras, mientras esperaban un milagro rodeados de polvo, miedo y oscuridad.

Tan solo dos días atrás eran personas corrientes, con sus idas y venidas, sus trabajos y sus problemas cotidianos, cargando a sus espaldas molestas obligaciones y preocupaciones que ahora anhelaban tanto como el fuego necesita el aire para seguir quemando.

Habían pasado cuarenta y ocho horas desde que los transeúntes de aquella gran ciudad se sorprendieran con un bombazo lejano. Al principio pensaron que tal vez se tratara de un accidente; una explosión de gas en uno de los edificios de la periferia que lamentablemente, como cada invierno, se habría llevado por delante a una pareja de ancianos y a algún vecino más. Quién les iba a decir que la vida de toda la humanidad cambiaría para siempre con ese primer estallido proveniente de las estrellas.

Aunque las paredes habían dejado de vibrar, en sus corazones todavía resonaba el eco de esta última explosión. El miedo y las continuas detonaciones los mantenían alerta y sin apenas dormir, estaban llegando al límite de sus fuerzas. O enloquecían, o se desmayaban vencidos por el sueño y la debilidad. De forma inesperada, uno de los refugiados se atrevió a hablar:

—Salgamos —susurró una voz de mujer.

No hubo respuesta.

—Vamos —insistió—, después de cada ataque, siempre hay unos veinte minutos de tranquilidad que podemos aprovechar para escapar.

Otro silencio, quebrado tan solo por un sollozo reprimido.

Helena resopló, pero no dijo nada más, estaba demasiado cansada para protestar. Los minutos corrían y ella sabía que, si no se movían pronto, tendrían que esperar a la siguiente detonación para salir. Había perdido la noción del tiempo y la escasa luz que llegaba del exterior no ayudaba a discernir en qué momento del día se encontraban. Además, se había pasado la noche en vela haciendo cálculos, buscando un patrón en los repetidos ataques y trazando un plan para escapar.

—Yo voy —dijo alguien cerca de ella.

—¿Conoces la zona? —preguntó Helena.

—Sí, en este edificio estaba mi oficina. Vi el ataque de lejos y vine corriendo a buscar a mis compañeros, pero… no quedaba nadie, ni siquiera los cuerpos. Es como si se hubieran esfumado.

—No, no se esfuman, los…

Helena se detuvo. El recuerdo de lo que había presenciado le provocó unas náuseas vacías que amenazaron con darle la vuelta el estómago. Quiso explicarle qué era lo que realmente sucedía con los cuerpos de las personas que quedaban atrapadas, lo que aquellas criaturas de otro mundo hacían con las víctimas, pero prefirió callar. Era incapaz de expresar con palabras el horror que sentía al rememorar cómo aquellos extraños seres habían exterminado a sus amigos sin poder hacer nada por ayudarlos.

—Por cierto, me llamo Marcos —dijo él tras un silencio.

—Yo Helena —contestó de forma automática, agradeciendo la interrupción a sus pensamientos—. Vamos.

Ambos se giraron para despedirse de los demás, aunque la oscuridad era casi absoluta y no podían verse los rostros.

···

Avanzaron varios metros a través de los escombros, arrastrándose con cuidado entre los recovecos por donde apenas cabía una persona. Un haz luminoso, blanco y mortecino, les indicaba que iban en la dirección correcta. Mientras se acercaban a la salida, Helena se preguntó si la luz al final del túnel sería así de triste o más brillante y agradable.

Antes de salir, ambos se detuvieron para recuperar las fuerzas junto a la oquedad que daba al exterior. En ese momento, Helena aprovechó la claridad para examinar al voluntario que tenía delante. Su mirada se topó con la sonrisa cansada de un joven con mofletes y cara de bueno. Como en un espejo, se vio reflejada en un par de ojos claros, subrayados por una sombra de consternación. Al ver el cabello de Marcos, sucio y despeinado, se acicaló su propia melena con las manos, imaginando que ella tendría el mismo aspecto.

—¿Trabajas…? ¿Trabajabas por aquí cerca? —quiso averiguar Marcos, preguntándose dónde había visto a esa joven rubia y delgadita, de ojos avispados y mirada huidiza.

—Sí. En la copistería, cerca del parque.

—Ah, de eso me suenas.

Helena permaneció en silencio dejándolo con una mueca tímida en los labios. No era momento para ponerse a hablar.

—¿Hacia dónde vamos? —preguntó él para salir del mal paso—. No conviene correr a lo loco.

—Lo sé, lo que quiero es llegar a la boca del metro.

—¿El de la calle Grecia?

—Ese mismo —asintió Helena.

—¿Por qué? ¿Qué hay allí?

—Tengo un plan. En marcha —agregó sin dar más explicaciones—, solo nos quedan unos diez minutos.

Helena salió primera, evitando que Marcos hiciera más preguntas. Si le confesara que quería ir a la estación de Grecia solo porque lo había visto en un sueño, tal vez él se echaría atrás y se quedaría sola.

Ya en el exterior, cuando sus ojos se acostumbraron a la claridad, el panorama que los recibió los dejó sin aliento. El polvo gris que todo lo cubría había transformado la calle en una catastrófica fotografía en blanco y negro. Sus pisadas quedaban marcadas sobre el suelo ceniciento, recordándoles aquella famosa huella lunar de Neil Armstrong, sintiéndose alienígenas en una Tierra que ya no parecía la suya.

Emprendieron la marcha calle abajo, a través del apocalíptico paisaje, en dirección a la boca del metro donde esperaban encontrar refugio y alimento. O, al menos, una forma de desplazarse por los túneles sin ser vistos. Lo único que sabían era que el peligro estaba en la superficie. Sobre sus cabezas, una espesa niebla plomiza tapaba el cielo ahogando al sol hasta convertirlo en un mero círculo amarillento y tenue que ni siquiera hería la vista. De vez en cuando, una sombra sobrevolaba veloz la zona sin apenas hacer ruido, provocando un ligero parpadeo en la luz y un vuelco en sus corazones.

Aunque el tramo hasta el metro constaba de unas pocas calles, el camino no estaba siendo nada fácil. Coches abandonados, construcciones derruidas, árboles ennegrecidos sin fuerza en las ramas para seguir viviendo… Todo parecía crujir, quejándose por la calamidad que habían sufrido. Con cada sonido inesperado, la pareja buscaba refugio y esperaba con cautela a que no hubiera peligro.

Mientras, la tensión se acumulaba amenazando con provocarles un ataque de pánico en cualquier momento, al tiempo que la adrenalina tensaba sus músculos y el miedo les aceleraba el pulso. El simple hecho de pensar en que alguno de aquellos seres los encontrara les paralizaba el corazón.

A medio camino, se arrimaron a un autobús volcado e hicieron una pausa para calcular la distancia que les quedaba por recorrer. Marcos se asomó un instante, lo suficiente para vislumbrar el arco de la estación del metro.

—Veo la señal de la estación de Grecia desde aquí, pero hay un problema, creo que hay escombros tapando la entrada.

Helena se asomó también para comprobar la mala noticia, pero su vista no alcanzaba a distinguir tanto detalle. Si no hubiera perdido las gafas, se lamentó, y tal como estaba el mundo, iba a ser imposible conseguir unas nuevas.

—Sigamos —dijo Helena con resignación—. Nos estamos quedando sin tiempo.

Marcos negó con nerviosismo.

—Deberíamos volver al refugio y probar otro camino.

—Estamos más cerca del metro que del edificio —Helena sabía que ya no había marcha atrás—. No nos va a dar tiempo a regresar.

—Claro que sí —insistió Marcos cada vez más nervioso—. Podemos regresar corriendo.

Marcos ya se había incorporado, cuando Helena lo tomó de la mano y tiró de él.

—Llamarás mucho la atención. ¿Y si te ven?

—Helena, por favor, regresemos. Lo intentaremos más tarde.

—¿Más tarde, Marcos? Llevo casi dos días sin comer ni beber. ¿Cuánto más puedes aguantar tú?

Marcos bufó, vencido.

—Esto es una locura —espetó después de reflexionar en silencio—. Lo siento, voy a regresar. Tú haz lo que quieras.

El autobús de línea atravesado en la calle marcaba la separación entre tomar una dirección u otra, entre la valentía y la temeridad. Marcos revisó la ruta de regreso, convenciéndose de que volver era mejor que huir hacia delante. Al otro lado del vehículo, Helena analizaba el tramo que tenía frente a ella para llegar a su objetivo sin ser vista.

Aunque su corazón se aceleraba cada vez más, Helena consiguió reprimir las ganas de gritar y salir corriendo detrás de Marcos. Agitó su mano como quien espanta una mosca en verano para limpiar su mente de atrocidades y recuerdos horribles y se dispuso a llegar hasta el final.

Mientras su efímero compañero se alejaba en silencio hacia el bloque de oficinas derrumbado donde se habían refugiado las últimas horas, Helena intentaba no pensar que se había quedado sin ayuda. Trazó la ruta calculando los escondites que usaría para avanzar: un coche, un agujero en la calzada, restos de otro edificio… Nada más dar el primer paso, un extraño sonido la paralizó. Reconoció el mismo ruido, vibrante y familiar, que percibió justo antes de que aquella abominación diera caza a sus amigos.

Se le heló la sangre al tiempo que el aire quedó atrapado en sus pulmones. Quiso taparse los oídos, pero entonces no podría saber de dónde provenía la amenaza. Hizo un esfuerzo infinito por concentrarse en aquel sonido, hasta que pudo apreciar que se hacía más agudo calle arriba, justo por donde se había ido Marcos.

Al igual que un animal acorralado, Helena se hizo un ovillo vigilando un punto oscuro que había aparecido en la lejanía. Tal vez fuera uno de aquellos seres con forma humanoide, figuras negras y difusas que avanzaban con lentitud y en silencio, rodeados de humo que marcaba su silueta a contraluz. Como parcas de otro mundo, se iban llevando a todas las personas que encontraban, vivas o muertas, sin dejar rastro de ellas.

De repente, aquel punto negro a lo lejos comenzó a moverse con brusquedad a medida que avanzaba. Helena hizo ademán de ajustarse las gafas que ya no tenía para poder distinguir mejor el ser que se acercaba y que, con toda seguridad, sería lo último que vería antes de morir. Aquella figura seguía avanzando y parecía que saltaba con cierta torpeza sobre los escombros y los destrozos de la calle. Entre la nube de polvo que levantaba a cada paso, comenzaron a salir dos brazos agitándose sin parar.

—¡Corre! —gritó Marcos saliendo de la polvareda.

Tras emprender la carrera por salvar su vida, el asfalto bajo sus pies cedió, formando un profundo agujero por el cual se deslizaron como en un tobogán hasta terminar sentados en el suelo unos metros más abajo. Sobre ellos, el cielo quedó recortado por uno de los abundantes y extraños socavones circulares que habían aparecido tras los ataques y que amenazaban con convertir la superficie del planeta en un queso gruyere.

Cuando sus corazones volvieron a latir, Helena cayó en la cuenta de todo.

—Oye, pero ¿tú no te ibas?

—No me ha dado tiempo. Los he visto venir al final de la calle. Uno de ellos ha entrado en el refugio. Iba flotando rodeado de humo, como un hueco vacío en la niebla, pero con forma humana y…

—Sí, algo así. Yo también los he visto.

—Se estaban llevando a las personas —continuó Marcos—. Los sacaban del hueco con un haz de luz. Sus cuerpos parecían de goma, como si tuvieran todos los huesos rotos…

—Marcos…

—Convertidos en sacos de carne cada vez más pequeños y…

—¡Marcos!

El joven guardó silencio aún con la mirada perdida.

—Vamos —insistió Helena—. Creo que estamos de suerte.

Marcos la miró sin entender nada.

—¿Ves esa luz de ahí? —Helena indicó un hueco frente a ellos—. Parece que podemos avanzar por aquí sin tener que subir a la calle. Tal vez sean las luces del túnel del metro.

—Eso no puede ser —respondió circunspecto—. Desde que todo esto comenzó, no hay un solo aparato electrónico que funcione, no queda ni una chispa de electricidad.

—Pues averigüemos qué es. Algo me dice que vamos por buen camino.

Marcos se encogió de hombros, asumiendo que no tenían nada mejor que hacer.

···

El pasadizo tenía la altura suficiente para permitirles avanzar de pie. Aunque no podían distinguir con exactitud el material con que estaba construido, sabían, por el tacto de las paredes, que les rodeaba una mezcla de tierra, raíces y ladrillos. A veces, llegaba un olor nauseabundo que les hacía dudar de si estaban dirigiéndose al túnel del metro o a las cloacas. Caminaban en silencio, pendientes de cualquier sonido amenazante que llegara del exterior, pero sin apartar la vista del frente, absortos con aquella extraña luz parpadeante que les marcaba el camino.

De repente, el eco de un trueno lejano llegó a sus oídos, entrenados después de tantos ataques, y supieron que se propagaría hasta llegar a su posición. En pocos segundos, el temblor se hizo más intenso y la escasa luz que llegaba de fuera se desvaneció como si algo hubiera bloqueado el acceso por donde habían descendido.

La reverberación de la onda expansiva resonaba en sus pulmones aumentando su intensidad cada vez más. Con el corazón encogido, se agacharon y se cubrieron la cabeza con los brazos temiendo que el techo se cayera encima sepultándolos para siempre. Marcos empujó a Helena justo cuando notó que la tierra caía sobre su espalda. Ella pudo apartarse gateando en el último momento, sin embargo, él no tuvo tanta suerte. Una de sus piernas quedó atrapada bajo una pared de escombros.

La luz roja que les había guiado hasta allí apenas llegaba a iluminar el túnel que aún les quedaba por recorrer, aunque resultó ser suficiente para que Helena pudiera advertir que la situación no era nada halagüeña. Marcos se retorcía de dolor y tiraba de su pierna sin lograr liberarse. Al instante, su compañera se acercó y comenzó a apartar las piedras hasta que él pudo moverse y salir arrastrándose.

—Lo que daría por poder usar la linterna del móvil… —se lamentó Marcos palpando su tobillo.

Helena alargó el brazo hasta posar su mano en el hombro de Marcos.

—Si no llegas a empujarme…

Helena no encontró las palabras para explicarle lo mucho que se alegraba de que al final la hubiera acompañado y cuánto lamentaba la situación en la que se habían metido. En ese silencio, Marcos alcanzó a sonreír con tristeza al asumir que el camino de regreso ya no era una opción viable.

—Sigamos —dijo Marcos señalando la única vía posible—. Según tú, ahora viene un poco de calma, ¿no?

—Sí, aunque tal vez sea la última. Si hay otra explosión tal vez nos quedemos enterrados aquí.

—Pues vamos a tener que darnos prisa. Además, me estoy empezando a encontrar muy mal.

Helena se levantó y ayudó a su compañero a incorporarse. Frente a ellos, a solo unos metros, el túnel desembocaba en una especie de sala un poco más amplia iluminada por la leve luz del piloto rojo, cuya intensidad no había dejado de oscilar de forma acompasada.

Entraron poco a poco, como dos zorros asustadizos olisqueando una mano que les ofrece comida. Su desconcierto fue mayúsculo cuando prestaron atención al resto de la pared. El piloto estaba incrustado en un panel metálico que a su vez formaba parte de una enorme consola llena de botones de colores, pantallas apagadas y palancas de varios tamaños.

Ambos exclamaron al mismo tiempo mientras daban un paso atrás para observar la pared completa. Marcos terminó sentado en el suelo cuando le falló la pierna dolorida. Aquello era lo último que hubieran imaginado encontrar. Fuera lo que fuese esa máquina, el hecho de que estuviera enterrada y aletargada, esperando a que alguien la activase, les hacía dudar de hasta qué punto sería peligrosa. ¿Quién la había construido? ¿Para qué servía? ¿Qué hacía allí abajo?

—¡Espera, no lo toques! —exclamó Marcos al ver que Helena alargaba su mano.

—Esto parece una máquina de aquellas películas viejas de ciencia-ficción —indicó retirando la mano.

—Sí, pero hay algo raro. Fíjate en los símbolos —señaló Marcos desde el suelo—, deberían ser palabras, y no parece ni ruso.

Helena se acercó al panel que indicaba Marcos. Cada uno de los botones tenía una pequeña etiqueta debajo que debería aclarar su función, sin embargo, no estaba escrito en ningún idioma conocido. Diferentes símbolos geométricos se sucedían, rodeados de puntitos aquí y allá, que no llegaban a formar líneas horizontales de texto.

Helena no pudo resistir más la tentación y pulsó un gran botón rojo debajo de una pantalla circular. Tras un sonido mecánico, el panel inferior se dio la vuelta descubriendo un teclado.

—No puede ser.

Helena se había llevado las manos a la cabeza.

—¡No puede ser! —repitió.

—¿Qué pasa?

—Esto es de ellos, Marcos. Son ellos.

Helena había comenzado a caminar de un lado para otro, intentando no volverse loca.

—Explícate, por favor —suplicó Marcos.

—Es un teclado.

—¿Y qué?

—Es un teclado como el de un ordenador, pero con símbolos. Las letras están dispuestas de la misma forma que nuestros teclados, solo que este tiene grafías diferentes.

Marcos abrió los ojos sin poder creerlo.

—Son humanos —continuó Helena—. ¿Te das cuenta? Son malditos humanos. Estoy segura de que han venido a buscar esta máquina.

—La madre que los… —gruñó Marcos, dando voz a su frustración—. Pero ¿humanos de dónde? ¿De otro planeta?

—O del futuro, Marcos, o del futuro.

—¿Con este vejestorio de máquina? —Marcos guardó silencio un instante para reflexionar—. ¿Quieres decir que vienen del futuro para llevarse este cacharro?

—O eso, o la van a usar para destruirnos a todos. ¡Tenemos que hacer algo!

Helena respiró hondo y pulsó lo que creyó que sería la tecla «Intro». Al instante, un pitido anunció que algo había sido procesado. La pantalla circular se encendió mostrando una frase en el centro y dos opciones. Ninguno de los dos podía adivinar su significado, pero sí la lógica que presentaba: una pregunta y dos posibles respuestas, tenían el 50 % de probabilidades de acertar.

—Genial, la has encendido. Vas a conseguir que nos detecten. O peor, ¿y si es una bomba? —protestó Marcos con el miedo en la voz—. ¿Y si está preguntando si queremos destruir la Tierra y le respondemos que «Sí»?

Helena ya no le escuchaba. No habían sufrido tanto para llegar hasta allí y darse la vuelta sin hacer nada. Tanto nadar para ahogarse en la orilla.

—Tal vez pueda deshacer el comando —propuso ella sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Cómo?

—Tengo una idea.

—Madre mía.

—Algo habrá que hacer, Marcos. ¿Qué podemos perder?

Marcos negó con la cabeza y Helena no supo si era por resignación, o porque realmente no podían perder nada, solo la vida.

—A ver… —Helena se inclinó sobre el teclado—. Esta de aquí debería corresponderse con la tecla «Control», o «Ctrl», entonces esta otra seguro que es la «Z».

—¿Control zeta?

—¡Exacto! Si funciona como nuestros teclados, es muy posible que deshaga lo que sea que esté en proceso. Podemos ir haciendo pruebas hasta que pase algo.

—No, no, no. Piénsalo bien, Helena.

Helena lo pensó bien durante una décima de segundo y pulsó ambas teclas con decisión.

Aneleh, neib olasnéip. On, on, on —la voz de Marcos sonó distorsionada.

Cuando Helena se giró hacia él para preguntarle qué había dicho, reparó que también se movía de forma extraña.

—¿Marcos?

—¿Qué?

—¿Qué te pasa?

—Nada, que no quiero que toques el teclado.

—Pero si ya lo he hecho.

—No. Has dicho que ibas a pulsar «Control + Z».

—Y lo…

Helena paró en seco, boquiabierta.

—Levántate y pon tu mano sobre el teclado.

—Ni loco.

—Tú lo has querido.

Helena le dio la espalda y se situó frente al teclado. Sin esperar un segundo, pulsó aquellas dos teclas una vez más y de inmediato se dio la vuelta para volver a observar a su compañero, quien, sin darse cuenta, se había convertido en un improvisado conejillo de indias. Este se levantó como sujetado por unos hilos invisibles. Luego, retrocedió caminando de espaldas por el túnel hasta llegar al lugar del derrumbe donde volvió a quedar atrapado. Al instante, los escombros caídos sobre su pierna se elevaron y regresaron al techo y Marcos se incorporó como si no hubiera sufrido ningún accidente.

—¿Helena? ¿Cómo has llegado hasta ahí?

Ella le esperó en silencio escondiendo una risita.

—¿Qué es esto? —preguntó con cara de asombro cuando llegó hasta ella y vio la extraña máquina.

—Te lo cuento luego con un café.

—Ya, muy graciosa.

—Ponte aquí y no apartes tu mano de esta máquina.

Helena comenzó a pulsar «Control + Z» repetidas veces, deshaciendo el tiempo, mientras a su alrededor la película de terror que habían vivido se rebobinaba sin parar. En el exterior, los edificios derruidos volvían a estar en pie, y toda la ciudad recobraba su aspecto previo al primer ataque. Las personas reaparecían como si nada hubiera sucedido.

La pareja logró salir del túnel por un pasillo que comunicaba con las vías del metro. Una vez en la estación, Helena miró a Marcos con una gran sonrisa.

—¿Qué? ¿Me aceptas ahora ese café?


Portada: Photo by Meiying Ng on Unsplash

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