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El bosque

Debía permanecer oculta. Si sobrevivía hasta el amanecer, estaría salvada. Nunca la luz del sol había significado la vida tan profundamente como en esa noche maldita. Nunca un ritual había sido tan poderoso.

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Las sombras de los árboles la arropaban fundiéndose con la fría túnica negra que cubría su cuerpo desnudo. Su mano aferraba la tela de satén contra su pecho, protegiendo su corazón, intentando que el aire no congelara sus pulmones. Con la otra mano sujetaba su capucha que, con la premura y la torpeza de sus pasos, insistía en deslizarse delatando una melena rubia y brillante, casi blanca, bajo la intensa luz de la luna llena.

Debía permanecer oculta. Si sobrevivía hasta el amanecer, estaría salvada. Nunca la luz del sol había significado la vida tan profundamente como en esa noche maldita. Nunca un ritual había sido tan poderoso.

Sus pies, descalzos y lastimados, entumecidos por el frío, la alejaban de allí cada vez más despacio, tambaleándose de un árbol a otro y esforzándose por avanzar en línea recta.

Poco a poco el bosque se transformaba, despojándose de los árboles y revelando un terreno más erosionado, desprotegido y hostil. Cada vez había menos sombras para resguardarse y miró hacia atrás, tal vez buscando otro camino, otra salida. Sin embargo, las luces de las antorchas parpadeaban ya entre los troncos más lejanos, en los que se había apoyado hacía sólo unos minutos. Pronto le darían alcance.

Respiró hondo. El frío camufló el olor áspero a hojas muertas. Se giró y siguió hacia delante; la única dirección posible. Ayudándose con las manos, los pies y las rodillas peladas, salvó los pocos metros que faltaban para salir de aquel laberinto que cubría el monte hasta llegar a su aldea. Allí, los árboles y campos de alrededor aún estaban ennegrecidos por las llamas que se habían llevado por delante las cosechas, las casas y a su familia.

La yema de sus dedos contra la áspera corteza del último árbol era su única conexión con aquel bosque sembrado de pesadillas.

Avanzó un poco más y se detuvo en el borde del acantilado, temblando y contemplando el horizonte, ignorando el destino que venía a buscarla con tambores, campanas, cánticos y risas diabólicas. Los gritos de las brujas ya se escuchaban nítidamente.

El mar, negro y brillante como su túnica rasgada, ondeaba tranquilo frente a sus ojos verdes. Un abismo en calma, una invitación al descanso eterno.

«Un paso más».

Miró sus pies, heridos y llenos de barro, que se negaban a saltar.

De repente, su sombra se multiplicó por la luz de las antorchas formando un abanico de siluetas sobre el escarpado borde del acantilado. El calor del fuego en su espalda contrastaba con la brisa gélida y salada que acariciaba sus mejillas y secaba sus lágrimas.

Estaban tan cerca que podía oler sus ungüentos a base de hierbas, alcohol y sangre. Los cantos cesaron. Una mano firme se posó en su hombro acompañada de una respiración agitada por la excitación.

—Elina.

Hacía mucho que no escuchaba su nombre, casi lo había olvidado.

La mano tiró de ella. Elina hizo un gesto para soltarse y la túnica se resbaló, zafándola de la garra. Se sintió libre sin un suelo bajo sus pies. Justo antes de tocar el agua, el primer rayo de sol se despidió de ella.


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