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El vecino (y la madre que lo parió)

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Envuelta, más bien apretujada en su manta, mullida y calentita, ella escondía su cabeza como una tortuga. Trataba de aislarse y regresar a su sueño, ese que llaman reparador y que tanto necesitaba. Se preguntó por qué las personas no pueden cerrar también los oídos, tal y como se pegan los párpados por la mañana o se fruncen los labios ante un puré maloliente.

Desde el techo de su habitación, únicamente iluminado por el reloj de la mesilla insultándola con la hora, descendían los sonidos del trajinar de su vecino cayendo como mazazos, machacando su cerebro, aplastando lo que le quedaba de sueño. Eran las cinco.

Las cataratas de Niágara debían hacer menos ruido que esa cisterna. Y luego venía la ducha. Su vecino, con un trastorno psicológico de los buenos, se duchaba cada madrugada tres veces seguidas.

¿Y por qué debía cerrarlo todo de un golpe?

Minutos más tarde, el estruendo de dos trenes al chocar indicó que el vecino había cerrado al fin la puerta del baño y se dirigía caminando a algún lugar, sin prisa, clavando las pisadas al suelo, al mismo ritmo que un herrero golpea con su mazo sobre el yunque.

El desalmado se desplazaba acompañado por una escoba, recorriendo todos los rincones, arañando el suelo con sus cerdas gigantes como púas de acero sobre una pizarra. No paró hasta pulir toda la superficie del apartamento, entreteniéndose particularmente en la habitación sobre su cama.

De repente, un gong metálico se propagó por las cuatro paredes hasta alcanzar sus tímpanos anunciando que otro desfile de ruidos estaba por llegar. ¿Acaso se le cayó la nevera al suelo? Tal vez, pues su querido y pulcro vecino arrancó entonces una hoja de papel de cocina, lentamente. Cada punto de unión de la celulosa se rompía con la fuerza de un latigazo.

Mientras tanto, un reactor nuclear parecía calentar su café y, al terminar, la cucharita con que lo removió no fue menos ruidosa que la campana de una estación de bomberos.

Las seis. Pronto terminaría todo. En unos minutos su vecino daría un último portazo para ir a trabajar, tal y como llevaba haciendo desde hacía años, de lunes a viernes, sin una sola falta.

«Vete ya —pensó—, lárgate y no vuelvas. Sal por esa puerta y sigue hasta encontrar un precipicio, y tírate por él».

Se dio la vuelta en la cama, enroscándose más en su manta y suspiró ahogando un sollozo. Acababa de recordar que era sábado.


Photo by Matthew Henry on Unsplash

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