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El inexplicable caso del OVNI de Cruz de Olivares

Suceso OVNI ocurrido en octubre de 1959 en mitad de un campo de olivos. Un día extraño, un objeto en el cielo y una desgracia difícil de explicar.

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2 de Octubre de 1959
Finca Galindo, a 5 km de Cruz de Olivares

En mitad de un campo rayado de olivos, dos almas trabajadoras, un padre y un hijo, parecían dos pequeñas motas negras entre los renglones verde grisáceo de la finca. Se afanaban en cargar la tartana con las primeras aceitunas mientras el atardecer quemaba la tierra con tonos anaranjados y calentaba sus mejillas.

Hacía sólo unas horas, un eclipse de sol había oscurecido los corazones de todos los habitantes de la provincia, reviviendo supersticiones y malos augurios transmitidos de generación en generación. Advertencias —las de su mujer— que Manuel ignoró, escéptico, pero cuya familia señalaría después como las culpables por la desgracia que aconteció ese mismo día.

Manuel era callado y tal vez un poco severo con su hijo de doce años recién cumplidos, no obstante, la vida del campo requería «cuerpo fuerte y alma recia»; así fue como le habían enseñado desde niño y así era como transmitía su sabiduría. Trabajaban a contrarreloj, compitiendo con la luna por ver quién salía antes. Tal vez por eso, por mantener la atención en la tierra, no se percataron de la tragedia que sobrevolaba sus cabezas.

Una vez hubo depositado el último saco sobre el fondo de madera de su vieja carreta, Manuel se apoyó en la rueda a descansar. Mientras contemplaba a su joven ayudante recoger la escalera y los aperos, sacó un cigarro, lo encendió y transformó un suspiro de cansancio en una bocanada de humo. Tras las diminutas hojas de un olivo, el sol se extinguía como la llama que quemaba su tabaco. Alzó la mirada un poco más, deteniéndose donde ya había comenzado la noche, rogándole a las primeras estrellas alguna nube para el día siguiente. A su derecha, el monte que separaba la vida rural de la urbana quedaba recortado formando una sombra chinesca. En ese momento, algo llamó su atención. Un punto brillante, que en un principio pasó desapercibido igual que una estrella más, comenzó a moverse siguiendo el contorno del cerro. Pocos segundos después, la extraña luz cambió su rumbo, acercándose al olivar y aumentando su tamaño y luminosidad a los ojos de un Manuel que ya no daba crédito. El cigarro se cayó al suelo porque sus labios temblorosos no pudieron sujetarlo a la vez que observaba sin parpadear el extraño fenómeno.

Quizá, lo más desconcertante fuese que el objeto, del tamaño de una casa y con forma lenticular, sobrevolaba el campo sin emitir ningún sonido, lo que le confería un viso de irrealidad, como un espejismo. Se movía de un lado para otro manteniendo cierta altura sobre los árboles, acercándose y alejándose, deteniéndose bruscamente y acelerando a una velocidad incomprensible. Nada en la naturaleza podía realizar esos movimientos, ni ninguna construcción humana era capaz de ejecutar esas maniobras, sin embargo, allí estaba. Manuel llamó a su hijo con la voz más tensa de lo habitual, este se acercó corriendo, obediente. Su padre señaló al cielo y entonces ambos perdieron el aliento al ver que del objeto salía un haz de luz tan potente que donde iluminaba parecía ser de día.

El destello —y tal vez el presentimiento de peligro— provocó que el caballo saliera desbocado, arrastrando la carreta hasta perderse en la oscuridad y dejando a sus dueños sin vía de escape. Con el corazón en la garganta, Manuel hizo señas a su hijo para que se escondiera bajo un olivo al tiempo que él sacaba la escopeta de caza, usada habitualmente era espantar a los jabalíes de la zona. La cargó esforzándose por controlar el temblor de sus manos, después se alejó unos pasos, apuntó ignorando el pulso bombeando sus sienes y disparó con la esperanza de ahuyentar a la amenaza. Por desgracia, la única respuesta que generó aquella detonación solitaria, cuyo eco se propagó entre los árboles ya sombríos, fue llamar la atención del misterioso objeto. En décimas de segundo, el OVNI se posó sobre ellos, manteniéndose estático, y comenzó a emitir un zumbido tan grave que retumbaba en los pulmones de aquellas dos pobres almas. Manuel se giró para acercarse a su hijo y salir ambos de allí como alma que lleva el diablo, pero antes de dar un solo paso, se vio envuelto por un haz de luz azulado que lo paralizó y lo elevó a un palmo del suelo sin que él pudiera siguiera pestañear.

El joven, que había observado todo sintiendo el pánico correr por sus venas, se armó de valor y salió de su escondite agachando la vista para evitar aquella luz tan cegadora. Se acercó a su padre pensando que tal vez podría sacarlo de allí tirando de él, aunque nada más alzar la mirada para tomarle de la mano, el haz de luz creció y una fuerza invisible, igual que una onda expansiva, lo empujó haciéndole rodar varios metros sobre el terreno. Casi sin aliento por el impacto, el muchacho se levantó y caminó tambaleándose hasta el lugar donde había quedado la escopeta que su padre dejó caer al ser atacado. Guiñó el ojo izquierdo para apuntar al centro del OVNI, justo donde salía el haz de luz, sin embargo, se vio impedido al instante al sentir una quemazón insoportable en su pupila derecha.

Desolado, dejó caer la escopeta y se llevó las manos a los ojos mientras gritaba impotente por la vida de su padre. Fue en ese instante cuando el objeto se apagó y desapareció silenciosamente convirtiéndose en un punto diminuto en el cielo hasta terminar extinguiéndose. Manuel cayó al suelo, inconsciente. Ni siquiera su hijo zarandeándolo consiguió despertarle. Así permanecieron cerca de una hora, hasta que un vecino, alertado por las luces y los disparos, se acercó a inspeccionar y encontró a Manuel desfallecido en los brazos de un hijo que ya no volvería a ser el mismo.

El equipo de emergencias poco pudo hacer por Manuel, quien terminó falleciendo en el hospital antes del amanecer a causa de unas extrañas quemaduras muy similares a las heridas provocadas por la exposición a altos niveles de radiación. A su hijo, en cambio, pudieron salvarle el ojo izquierdo, aunque el derecho quedaría casi ciego y sensible a la luz para siempre, como si la herida en su corazón no fuera ya suficiente para recordarle la peor noche de su vida.

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